jueves 26 de agosto de 2010

Confesiones: Anoche



Golpes da la vida. Tan duros como la muerte de alguien querido.

Pero yo me he dado cuenta de que sigo vivo. Y sé que es así porque siento, y no dejaré de sentir mientras no me falte el aliento durante el resto de mi vida. Porque una vida sin pasión, sin sentimientos, no es vida.

Y sé que sigo vivo porque aún me pasan cosas como la de anoche…

ANOCHE

Anoche. Las tres de la madrugada y un calor asfixiante pegaba la ropa a mi cuerpo camino de casa. Una cena con amigos, un par de copas y una excusa aunque inventada para poder irme a casa es todo lo que me había ocurrido interesante en la velada. El ladrido de algunos perros también acalorados y el ruido de mis pasos eran mi única compañía por la calle de una ciudad casi desierta. Mis pensamientos y una pegadiza canción del último bar interrumpían estos sonidos nocturnos y cotidianos.

Entro a casa intentando hacer el mínimo ruido. Me quito los zapatos camino de la cocina y agradezco el frescor que emana del frigorífico al beberme quizá medio litro de agua fría. Dejo caer algo sobre mi cuello mojando mi camisa y dejando resbalar el líquido sobre mi pecho camino del suelo. Hace mucho calor.No soporto este calor... Sé que no voy a poder dormir hasta la madrugada.

Fuera camisa, pantalones y calzoncillos. Sólo voy a poder soportar la noche si me quedo desnudo. En verano suelo dormir desnudo. Abro las puertas del balcón del salón, corro las cortinas y saludo a la ciudad. Me abraza la calurosa brisa de la calle que me recorre lentamente el cuerpo, me reconoce y explora palmo a palmo, poro a poro, intercambiando calor hasta armonizar nuesras temperaturas. En mi boca todavía tengo el sabor amargo de los dos gintonics cargados del último bar. Trago saliva mientras me apoyo en la barandilla del balcón e imagino que cientos de ojos me descubren y observan detenidamente. Es verano. El calor es asfixiante y cualquiera me perdonaría el atrevimiento.


Apago las luces del salón y me acerco silencioso hasta la habitación guiado por la luz que entra por la ventana del salón. En la cama Irene duerme tranquila y acalorada, vestida sólo por el resplandor de la luna sobre su dulce piel. Descansa boca abajo. Profundamente dormida. Me acuesto con cuidado junto a ella y me vuelvo para observarla. Me gusta escuchar el sonido entrecortado de su respiración cuando duerme; el brillo de su piel iluminada y colmada de millones de gotitas de sudor; el valle que forma su espalda con sus nalgas, y las redondeadas formas de su culo. Si Irene es perfecta su culo se lleva el premio mayor. Forma una curva hacia fuera tan sensual que es foco de todas las miradas. Es una belleza. Un precioso regalo que me ha otorgado la vida. Tan joven y tan bella, siempre alegre y contagiando su alegría a quien se acerque a compartir con ella.

No puedo dormir, pero no me importa si, mientras, sigo observando la inocente belleza desnuda de Irene. Su media melena recogida con una goma para refrescarse el cuello al dormir. La fina y delicada línea de su cuello y la forma elegante de sus anchos y bien formados hombros. Si fuera profesor de anatomía sería capaz de dar una clase magistral descubriendo cada uno de los huesos y músculos del cuerpo proporcionado y perfecto de Irene. Quizá me excitaría mucho más observando las miradas de mis jóvenes alumnos contemplando el cuerpo desnudo de mi mujer yacente. Enfocando sus miradas en su sexo poblado formando aleatorias formas de rizos en su pubis; en la maravilla y proporcionalidad de sus pechos y descubriéndoles formas y curvas inimaginables con mis explicaciones. Sintiendo su excitación y la de Irene, mostrada y enseñada en público, como un material didáctico de extrema necesidad. Una necesaria y justificada acción formativa. Mi varita acariciando y rozando con su punta cada una de las partes de su cuerpo, y mi otra y más íntima varita creciendo bajo mi bata de profesor.

El calor, la excitación de mis pensamientos y quizá el efecto del alcohol, tensan mi cuerpo, acumulando todo el riego sanguíneo en mi más perturbable y excitada parte de mi anatomía. Qué dirían mis alumnos si me vieran así. Primero debería ser profesor. La imaginación me desborda y comienzo a acariciarme contemplando el cortante y quebrado desfiladero de la unión de sus nalgas. Un poco más abajo su queda la entrada de su ano y las puertas abiertas de su sexo. Tan poco espacio los separa que me detengo en contemplarlo incorporándome y acercando mi cabeza a la zona mientras sigo acariciándome con la mano derecha, lentamente.

Tentado estoy de besarla y abrir sus nalgas para lamerla mientras descansa boca abajo: su ano y su sexo, su sexo y su ano, intermitentemente sólo acelerado por los movimientos de aprobación y de excitación de ella. Y por los movimientos de excitación y aprobación de mi propia lengua bañada en mis jugos y sus jugos, en nuestros jugos.

Aumenta mi transpiración con la excitación de mis pensamientos y se me pasa por la cabeza penetrarla sin previo aviso. Que despierte con el calor de mi cuerpo sobre su espalda y toda la extensión de mi sexo tenso y duro entrando sigilosamente, como un ladrón se cuela en casa ajena, amparado por la oscuridad. Me chupo los dedos de la mano mientras sigo masturbándome, aumento la cadencia de mis movimientos y el chasquido de mis manos sobre mi piel se hace banda sonora en la quietud de la habitación silenciosa. Me vuelvo sobre mi espalda, rozando el cuerpo de Irene y mirando al techo de la habitación, aprieto un poco los ojos mientras sigo con mis movimientos esperando la explosión de placer sobre mi cuerpo con la seguridad de que llegaría en cualquier momento. Siento cómo sus piernas acarician las mías, cómo su roce involuntario multiplica mi placer instantáneo. Mi corazón repica como un tambor en la batalla y cuando pienso que va a llegar el momento culmen y estoy llegando al final, me detengo súbitamente mientras sigo con los ojos cerrados y apretados. Es su delicada mano la que ahora ocupa la mía, acunando con su palma la extensión de mi sexo. Sus finos dedos abarcan mi piel y se mueven rápidamente con la destreza de alguien que conoce unos movimientos ya cotidianos y experimentados. Aprieto las sábanas con una mano y acaricio su piel con la otra y exploto, me vierto y me derramo en millones de minúsculas gotas que emanan como un géiser que rompe la corteza terrestre, mojando mi cuerpo, su mano, las sábanas, mi piel, su piel, nuestra piel.

Mi cuerpo se estremece con las continuadas embestidas de placer, cada vez menos intensas hasta descansar, con el corazón a mil, agradecido y todavía con los ojos cerrados esperando a poder controlarlo.
Su boca acaricia la mía, sus labios buscan los míos, y me susurra un “Buenas noches cariño” casi imperceptible en mi oído, y se vuelve para seguir durmiendo, dudo que haya abierto los ojos en ningún momento, y vuelvo a sentir sus entrecortada respiración mientras yace de nuevo dormida, de nuevo inocente y frágil, de nuevo acalorada y vestida por el resplandor de la luna sobre su dulce piel, de millones de gotitas de sudor, y de mi semen caliente derramado sobre ella…
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jueves 22 de abril de 2010

El mirón: Tan Lines (Marcas de sol)

Tengo que confesaros algo que me excita sobremanera.

Ya he confesado anteriormente mi gusto por el voyeurismo y mi faceta de mirón, pero aún así, acostumbrado como estoy a observar y deleitarme con la belleza del cuerpo desnudo, todavía me excito más en las ocasiones que contemplo esas zonas de piel que dejan entrever marcas de sol de un bañador o bikini.

Debe ser quizá por la sensación de exclusividad o privacidad que en ese delicioso instante se atesora. Esa parte del cuerpo que no ha sido mostrada normalmente y que el sol no ha podido broncear convenientemente; que la radiación ultravioleta no ha sido capaz de acariciar y que se muestra accidentalmente o tal vez para su uso en privado a mi vista.

Sinceramente me atrae esta singular exposición. Será por la sensación de descubrir algo prohibido, oculto y exclusivo.

Las personas que toman el sol para broncearse generalmente huyen de estas marcas. Intentan que la mayor parte de la piel que desean mostrar se ponga de un bonito y homogéneo color moreno, pero siempre habrá algo que desean cubrir y ocultar. Algo reservado para miradas cómplices y deseadas y no para miradas ajenas o desconocidas.

Igual soy un bicho raro. Adjunto algunas fotos encontradas en la red para que podáis comprobar de qué estoy hablando. Para el deleite de ambos sexos…

Me gustaría que me comentarais si os resulta también excitante a vosotros/as.

Para los más curiosos, habéis de saber que yo también tengo marcas de sol del bañador en verano. Aunque me gusta tomar el sol desnudo en la playa no es lo suficiente para poder estar totalmente moreno. Así que hay partes privadas que siempre se ven más blanquitas que el resto de la piel de mi cuerpo (os podéis imaginar cuáles). Y eso que yo soy de los que se ponen muy morenos al sol…











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miércoles 31 de marzo de 2010

Relato: Primavera


Está amaneciendo. Las luces del alba van dejando paso poco a poco a los primeros rayos de sol, dibujando sombras alargadas y caprichosas de los álamos y cipreses sobre la hierba mojada. Se nota que ya ha entrado la primavera. Los días ahora son más largos y la tenue luz intensifica los miles de tonos verdes y pardos de la hierba y las hojas húmedas por el fino manto del rocío. Nos acompaña el sonido del canto de algunas aves que despiertan y desperezan a todos los habitantes del parque. Aunque tengo algo de sueño, la brisa fresca que nos envuelve me obliga a mantenerme despierto. El frío de la mañana, atenuado levemente por las caricias de los primerizos rayos de sol, y el cálido contacto de Eva, su cuerpo pegado al mío, sus caricias, y sus experimentados labios, tensan mi piel como la de un tambor. Mi sangre se acelera. Permanezco abrazado a ella, inmóvil, mientras cierro los ojos para respirar profundamente, llenar los pulmones de aire y exhalar despacio para sentir la humedad corriendo por mis bronquios y los diferentes olores y matices que la mañana nos regala. Estamos solos, o eso parece porque desde el banco en el que estamos sentados quedamos expuestos a miradas ajenas, pero permanecemos allí, embriagados de caricias, de aire, de naturaleza, de primavera, de luz.

Con los ojos todavía cerrados, estiro mi mano para buscar bajo su abrigo el contacto de sus firmes y juveniles senos. Exploro bajo su blusa, deslizándome por su delicada piel, hasta llegar a mi objetivo. Abarco, calibro y amaso su carne, los acuno con mi mano, y siento como sus pequeños pezones excitados cosquillean mi palma y mis dedos. Suelta un gemido de aprobación. Me encanta cuando gime y agradece mis caricias. Me gusta jugar con sus pechos. Sus senos también son primavera, pues encarnan nacimiento, crecimiento, alimento, vida. Puedo llegar a notar cómo sus terminaciones nerviosas, sus microscópicos vellos y todos los poros de su piel se abandonan y se abren como una nueva flor al contacto de mis manos. Sus movimientos se ralentizan para recibirme y vuelve a gemir con un hilo de voz tan fino y sensual que siento que mi corazón se acelera a punto de estallar.

Abro los ojos y veo que a lo lejos alguien nos está mirando. Se lo digo a Eva. Un hombre se está acercando para poder observarnos mejor. Mi excitación aumenta y la de ella también. Nuestros movimientos se hacen más rápidos. Pellizco sus pezones hasta sentir y notar cómo arquea su espalda y suelta un quejido, esta vez más sonoro y gutural, un pequeño grito de aprobación, está muy excitada. Bajo mi mano hasta su vientre, y meto mis manos como puedo y me permite su pantalón hasta llegar a su vulva. Comienza a morderme cuando siente mis dedos hurgando en su humedad, resbalando en sus jugos. Se queda quieta. Me mira a los ojos. Ya no puedo aguantar. Su mirada me lo dice todo. Sabe que me voy a correr. Busca a la sombra que se esconde tras un árbol y sus labios se preparan para recibirme. Y yo lo hago. Cierro los ojos, todo mi cuerpo se contrae. Me vierto. Su boca se inunda de mí. Es primavera y su garganta se llena de simiente, de polen que no ha de fecundar ninguna flor, que sólo ha de alimentar nuestros deseos, nuestra pasión, y nuestras fantasías. Y la suya es esta. La de chupármela en lugares públicos hasta correrme en su boca. Nos acomodamos la ropa para irnos rápido a casa. Hay que terminar lo que se ha empezado.

Nos vamos cogidos de la mano. Vuelvo a respirar hondo y profundo, llenando mis pulmones de naturaleza, de brisa, de humedad… de sexo…

Definitivamente, me encanta la primavera.

Fotografía: Irin Brosch
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martes 23 de marzo de 2010

Relato: Maldita apuesta...


No podía caminar más deprisa. Los tacones y la minifalda me impedían ir más ligero y llegaba tarde a la cita.

Nunca imaginé qué podría pasar por su mente cuando acepté cumplir aquella maldita apuesta.

El trato era claro: Si yo era capaz de ir a nuestra cita y cenar con ella vestido tal y como ella decidiese, ella por fin aceptaría ser mi amante sumisa toda una noche. Todo estaría en aquella bolsa que me dejó.

Vestirme de mujer no fue lo peor. Ella sabía que destrozaría mi ego pero que conseguiría hacerlo. Por orgullo me afeité las piernas y me puse esas crueles medias que ahogaban el paso de la sangre que debería llegar hasta mis dedos. La faldita de cuero negra marcaba un bulto tan sospechoso que sólo pude disimular escondiendo a mi fiel compañero entre mis piernas. Humillante. Sé que él nunca me lo habría hecho a mí. El tanga no sujetaba nada de lo que debía y me obligaba a caminar con cuidado pues, en esa situación, cualquier movimiento brusco podría dejarme más femenino aún de lo que estaba. Me puse la peluca rubia y las gafas de sol. La blusa, los zapatos de tacón. Me pinté los labios con el carmín. Todo eso estaba en la dichosa bolsa. Pero había algo más. Una cajita de madera y un bote de crema. La abrí…

Lo noté en el brillo intenso de sus ojos cuando me vio llegar hasta la mesa del restaurante donde me estaba esperando. Por mis gestos y mis movimientos confirmó que yo había cumplido todo el trato. Sonreía con picardía mordiéndose el labio inferior. Había sido demasiado cruel…

Ahora le tocaría pagar a ella por todo, y por esas diez bolitas que viajaban en mi interior…





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miércoles 17 de marzo de 2010

Relato: Mil palabras. Cena para dos.


20.11 horas. “Ya salgo del trabajo. Espérame vestida, pero no de cualquier manera. Sorpréndeme”.

La cita era para cenar en su casa a las nueve menos cuarto y ella lo tenía ya todo preparado.

20.13. “Entra sin llamar. La puerta está abierta. Te espero en el salón”, le contestó ella.

Ella le había hecho caso y lo esperaba vestida de la mejor forma que deseaba recibirlo, sólo con un inmenso collar de perlas y una delicada liga de encaje por vestido. Las uñas y los labios pintados de carmín intenso, gotas de fragancia en el cuello y en las ingles, y su pubis levemente rasurado como únicos complementos necesarios.

Lo esperaba sentada en un sillón del salón, con una copa de cava frío junto a ella. El tacto de la piel del sillón en su cuerpo desnudo aumentaba su excitación. Las perlas acariciaban y cosquilleaban juguetonas por sus pechos rozando los pezones en cada movimiento de su cuerpo además del vello y los labios de su vagina. Sus dedos, curiosos, repicaban a ratos con sus yemas los caracolillos de pelo de su pubis, mientras sus uñas afiladas acompañaban las cosquillas apretando intermitentemente alrededor de su clítoris multiplicando su placer. La humedad de su cuerpo emanaba y resbalaba en finas gotas de rocío por su cuello y su espalda dibujado formas aleatorias y caprichosas.


20.17. “No creo que pueda esperar mucho más”. Insistió ella con un nuevo mensaje.

Saboreaba lentamente la copa de cava, acariciando con suavidad su fuente de calor intenso, de excitación desbordada, con la intención de mantener el clímax hasta su llegada.

20.23. “Estoy muy excitada. El cava está frio, la habitación caliente, mi corazón latiendo y mi coño… ardiendo”, le volvió a escribir.

Sus jugos manchaban las teclas del teléfono. Se entretuvo un instante a oler sus dedos, húmedos y pegajosos, que olían a hembra y a deseo carnal. Se distrajo levantando su cabello para refrescarse el cuello y separar su cuerpo del contacto de la piel del sillón. La perlas seguían haciendo su trabajo con sus movimientos. Ardía en su interior y ya quedaba poco para su deseado encuentro.

Lo tenía todo preparado. Esperaba ver la reacción de su cara al recibirlo así. Esta iba a ser su primera cita y ambos sabían que ella no era de segundas citas. Todo debía salir conforme a lo que esperaba obtener de él pues no esperaba tener otra oportunidad. Era lo pactado.

Eran conocidos desde hace tiempo, por temas laborales, y ella fue la que tomó la iniciativa. Lo invitó a cenar a su casa tras intercambiar unos mensajes directos por mail y más tarde por teléfono. Le excitaba la seguridad que veía en él como profesional. Le atraía lo bien que le sentaba el traje de chaqueta y corbata y su look elegante y serio de ejecutivo cercano a los cuarenta. Siempre bien vestido, atlético, deportista, educado, guapo y, además, todo un caballero.

Había soñado muchas veces con este encuentro. Ella sabía cómo tratar a los hombres que le interesaban pues no necesitaba complicarse con ninguno. Tenía su vida solucionada con un buen puesto de trabajo en una importante empresa. Ella siempre decidía y ese era por ahora su rol.

Siguió bebiendo de su copa pensando en qué cara pondría y cómo reaccionaría al verla así, directa, segura de sí misma, poderosa y valiente. Deseaba con locura tenerlo frente a él y acercar sus labios a la cremallera de su pantalón. Recibir su cuerpo con su boca, acariciar el bulto oculto tras la tela. Liberar su verga, y así, ella desnuda y él vestido, tal y como lo veía en el trabajo, mamársela lentamente, con delicadeza, sintiéndola crecer en su boca, hasta dejarla cubierta del color de su carmín sobre su piel.

Le excitaba la sensación de poder absoluto que le provocaba chupársela a los hombres. Tomar su más preciado tesoro, dominar la situación y someterlos a voluntad hasta hacerlos gemir y jadear por ella. Por sus placeres y habilidades aprendidos en largas y numerosas batallas. Fantaseaba con la posibilidad de que si hubiera nacido hombre qué habría sido de ella.

Le había llevado su tiempo tenerlo todo a punto. La receta era sencilla: Un baño relajante de agua caliente, la fragancia del jabón que más le gustaba y unas gotas de perfume como aderezo, una copa de cava para entrar en calor y el conveniente tratamiento posterior a base de caricias para no dejar que el alimento se enfriara y terminara cocinándose en su salsa… le gustaba cocinar… en este caso cocinarse, para él.

El menú ya estaba decidido. Ella iba a ser el plato principal, servida caliente, en sus propios jugos, sobre la mesa del salón y regada con un poco de cava frío sobre su coño, justo al momento de servirlo… Su verga iba a servir de delicioso aperitivo, previo a la comida, justo lo necesario para abrir el apetito y sólo faltaba preparar el postre, que, en este caso, si hacía un buen trabajo como restauradora no iba a ser muy difícil obtener. Ésta parte es la que más le interesaba de la cena y el reto de la velada: disfrutar y saborear la ambrosía de su cuerpo, del néctar recién hecho, vertido y servido dulce y caliente directamente sobre su boca…

Pocas cosas le provocaban más placer que el disfrutar de los placeres de la comida y el sexo, gula y lujuria, y si ambas se podían realizar a la vez, mucho mejor…

Faltan cinco minutos sólo para la cita y se oye un ruido de ascensor, la puerta se cierra con un sonoro golpe, unos pasos que se hacen eternos se aproximan hasta la puerta de su piso. Se detienen antes de entrar. “No pierdas el tiempo y entra rápido que no puedo aguantar más” piensa ella mientras su corazón repica como un tambor en el fragor de la batalla. Una sombra en el pasillo a oscuras se acerca nerviosa y lenta hasta la luz del salón.

La cena estaba servida...

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viernes 12 de marzo de 2010

Las Esposas (Handcuffs)



Hace poco, por estas cosas del azar y de internet, he descubierto a una directora de cine, Erika Lust, a través de un corto que me atrapó desde la primera vez que lo vi. El corto se llama Handcuffs (Las Esposas) que además, por lo que he podido leer, ha sido justamente premiado en diferentes festivales.
Ella dice que lo que hace es cine porno para mujeres, pero en realidad hace un cine para todo el que tenga sentido estético, con alto contenido sexual sin recrearse en detalles que te desvíen de lo principal de la trama, de la sensualidad de las imágenes y la sexualidad y la fuerza de las pasiones de sus personajes.
Este tipo de cine porno es creíble a la vez que muy excitante, contando historias cotidianas en donde todos nos podemos sentir identificados. Transmite pasión, sexo, piel, sudor, y, sobre todo, imaginación. Ella demuestra que se puede ser explícito sin caer en la vulgaridad. Porque para eso hace falta inteligencia y creatividad. Quizá habría que buscar un nuevo sustantivo que identifique este tipo de cine sin llevarnos a engaños.
Por tanto me siento identificado con su forma de entender el sexo y el erotismo, y es algo parecido a lo que me gusta escribir y transmitir en mis propios relatos. Yo escribo lo que me gustaría leer para excitarme, y me parece que ella busca lo mismo, filmar lo que le gustaría ver para provocar quizá su excitación y así asegurar la de su público.

Es su corto una pequeña historia llena de historias, miles de instantáneas contenidas en algo más de siete minutos que realmente tienen un sentido de principio a fin.
Posee intensidad y ritmo, con una iluminación y una fotografía muy estudiada. Te atrapa y te conduce con una banda sonora que va acompañando a la trama en cada momento y que complementa las imágenes sin necesidad de utilizar palabras o diálogos. Siento cómo el ritmo de la música va aumentando quizá al compás del latido del corazón de la protagonista y del espectador; presos, ambos, de la excitación de mirar a escondidas, de intentar comprender la forma de actuar de personajes extraños, desconocidos, y comprobar que quizá la monotonía de sus vidas pueden dar un cambio radical sólo por estar en el momento preciso en el lugar adecuado. Liberar las fantasías escondidas. Deseos y pasiones deseando florecer, crecer y multiplicarse.
He visto el corto muchas veces, y en cada una de ellas he tratado de imaginar que siente cada uno de los tres personajes principales, qué sentiría si fuese yo alguno de los protagonistas de la historia.
Quizá la bella mujer esposada, que está a merced de su compañero que incluso decide cómo y cuando ha de beber o fumar, con ese vestido largo y excitante mostrando su piel desnuda por caprichos de la abertura de su falda. Ella ha de estar muy segura de lo que hace y con quién lo está haciendo porque se nota que disfruta de la situación. Ella y su valentía me han cautivado desde el principio.
Tal vez el hombre fuerte y atractivo con pinta de rudo, dominante pero a la vez delicado, que tiene a su merced a una mujer tan bella como sumisa a sus deseos. No necesita hablar. Su mirada ya es una orden, un placer que transmitir y recibir. Él decide, pero ha de hacerlo bien, es una responsabilidad que seguro estará dichoso de tener porque cualquier error podría acabar con la situación. Esa apariencia rígida también me resulta atractiva. Qué haría yo en su situación…
Y también me imagino siendo la protagonista. Creo que además la posición del espectador es casi la de ella en cada momento de la historia. Nosotros podemos sentir cómo le late el corazón y aumenta su curiosidad y su excitación por observar a esta singular pareja y su forma de actuar. A mí me late quizá al mismo compás que a ella por la sensación de excitación y peligro mezcladas que ha conseguido la directora transmitirnos en tan poco tiempo. Poder observar sin ser visto es una posición más que atractiva y deseada. Esa ilusión de ser invisible para los demás y poder así entrar en la intimidad de cada uno, de disfrutar de la contemplación de lo prohibido, lo que no está reservado para nosotros pero de lo que podemos ser cómplices. La necesidad de sentir que nuestra vida quizá es simplemente aburrida porque no hemos encontrado la llave que nos permita darle un giro completo…
No puedo contar más. Yo voy a volver a echarle un vistazo al corto para volver a excitarme y sólo espero que a vosotros también os guste.

Felices experiencias…



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jueves 19 de noviembre de 2009

Relato: Sola (en 1500 palabras).


Este relato es una modificación de otro que ya escribí anteriormente pero que decidí rehacerlo para dejarlo en 1500 palabras. Creo que así me gusta más... Espero que a vosotros también os guste....

¡Menudo cabrón! Exclamó al recibir el sms de Pablo.

“Lo siento mucho, no podemos vernos esta noche. Tengo que ir a casa de mi ex. Mi hija se ha puesto mala. Tqm”

Ella lo había organizado todo para esa noche y él venía ahora con esa excusa. Las entradas del concierto, la reserva de mesa cerca del escenario, todo preparado para una noche especial, y se había ido todo a la mierda.

Se sentó en el sillón. Buscó el paquete de tabaco y se encendió un cigarrillo para calmarse un poco mientras decidió servirse una copa de lambrusco.

Eran las siete de la tarde y se notaba todavía el calor de finales de verano a principios de septiembre. Agradeció el frescor del vino recién sacado del frigorífico, pero a la segunda copa el acaloramiento que sentía era máximo, acrecentado quizás por el enfado del mensaje recibido.

Tenía la ropa pegada al cuerpo. Todo el día de compras, peluquería, el gabinete de belleza para la depilación y todo el balde porque a la ex de Pablo le había dado por que pasara por su casa con las excusas de siempre. Le pasaban mil maldades por su cabeza.

Estaba en su casa. Sola, compuesta y sin plan. Decepcionada y con una ganas tremendas de llorar.

Se levantó para abrir las puertas del ventanal del balcón y que corriera el aire por la habitación. La brisa de la tarde la saludó acariciando su cuerpo al abrir las puertas. Agradeció la sensación de frescor que la atrapaba. En este día de perros era lo mejor que le estaba pasando. Cerró sus ojos. Respiró hondo recibiendo la sensación de alivio, se acarició la nuca echando el cuello hacia atrás para sentir el frescor que la envolvía y, sin pensarlo, comenzó a desvestirse. Lentamente. Frente a la ciudad, con la luz del día languideciendo dando paso a la iluminación artificial de las primeras horas de la tarde. Quizá fue efecto del vino pero no reparó en que la podían estar observando, además, qué le importaba en ese momento. En condiciones normales jamás se le habría ocurrido hacer algo así pero no era una tarde normal. Estaba irritada, enfadada con su suerte, y esa preciosa sensación la estaba relajando, se estaba abandonando a un placer que merecía. Hoy lo merecía. Con el último botón de la blusa sintió que ésta le pesaba más que nunca, la abrió durante unos segundos para que ese frescor atrevido fuera adentrándose milímetro a milímetro por su torso, su cuello, hombros y espalda. Finalmente la blusa cayó al suelo y, sin abrir los ojos, siguió dejándose hacer por un aire desvergonzado que la estaba acariciando a placer. Temía abrirlos para no saber si la estaban viendo desnudarse. Tal vez le excitaba el pensar que seguro que sí. Que alguien también podía estar recibiendo el placer de verla desnuda. Nunca se había exhibido así pero ahora no pensaba en parar.

Se soltó el cinturón y desabrochó su pantalón vaquero. Su braguita de algodón blanca asomaba poco a poco mientras sobre ella resbalaba la cremallera lenta pero decidida. Estaba humedecida y en esos momentos no sentía vergüenza. Bajó un poco el pantalón para que la brisa fluyera por su piel, despacito. Paró un instante con el pantalón a la altura de sus muslos, un instante eterno, hasta que la prenda descansó en el suelo golpeando sus pies.

Abrió los ojos y volvió a la mesa para servirse otra copa de vino, la tercera. La fue saboreando lentamente en sus labios mientras caminaba en ropa interior alrededor del salón.

Contempló su cuerpo semidesnudo y disfrutó de verse así. Con 34 años aún se mantenía en forma. Tenía unas piernas delgadas, unos glúteos firmes con unas caderas bien formadas y casi nada de barriguita. Estaba orgullosa de sus pechos. Los vio reflejados en su sombra en la pared. Eran grandes y redondos. Le gustaba lucirlos y le excitaba que los hombres perdieran la vista en ellos y que sus amigas la envidiaran. Quizá si hubiera sido un poco más alta sería plenamente feliz.

Rellenó de nuevo la copa y siguió saboreando a pequeños sorbos el vino mientras se acercaba de nuevo al ventanal. Respiró profundamente para sentir el aire enriquecedor en su interior, manteniendo la vista fija en el horizonte.

Salió al balcón bebiendo de la copa, apoyándose en la baranda. Su excitación era máxima. La sensación de calor de su estómago bajaba hasta su entrepierna y humedecía cada vez más la suave tela de sus braguitas. Sus pezones estaban duros y suplicaban liberarse de su prisión. Volvió a cerrar los ojos, abrió un poco las piernas para que la brisa acariciara el interior de sus muslos mojados de sudor y soltó el sujetador. Ella que no había hecho ni topless en la playa por vergüenza o por pudor, ahora se desnudaba por efecto de algo inexplicable. Al principio estuvo tentada de taparse los pechos pero no lo hizo. Un escalofrío le recorría la espalda fruto de su lujuria y lo disfrutaba. La copa de vino se había terminado y volvió a entrar en el salón. Temblando de la excitación y alterada por lo que estaba sintiendo se encendió como pudo otro cigarrillo y con la primera calada respiró lo más profundo que pudo. Necesitaba sentirse segura de lo que estaba haciendo. No quería pensar en ello pero no dejaba de temblar. Se sentía a gusto y llena de placer y eso fue suficiente. Segura de sí misma volvió a su escenario, a la puerta del balcón.

Humedeció la punta de sus dedos índice y corazón tras otra calada a su cigarrillo y aproximó su mano derecha a la goma de su braguita. Acarició suavemente la entrada de la única prenda que le quedaba y al sentir el roce de las yemas de sus dedos en su pubis recién depilado y suave se estremeció y le vinieron a su mente pensamientos que no esperaba, que jamás había tenido.

Recordó las caricias de Verónica, su esteticista, mientras la estaba depilando. Nunca se había sentido atraída por otra mujer. No entendía el porqué esos pensamientos afloraban en ese momento. No recordaba el dolor que le produjeron los tirones de la cera, que fueron muchos. Recordaba las caricias posteriores a cada una de sus acometidas. Las frágiles manitas de Verónica acariciando su zona prohibida. ¿Qué sentiría ella? Había permanecido como otras tantas veces desnuda de cintura para abajo en su camilla. Mostrando toda su intimidad. A su disposición y nunca se lo habría preguntado.

Recorrió todas las partes que ella había depilado, sintiendo la suavidad de su piel, imaginando que sus dedos eran los de Verónica. Los labios carnosos que estaban ya rezumando fluidos, la entrada de su ano, las ingles, el pubis, en el que sólo había dejado una pequeña rajita de pelo, lo que más le gustaba al cabrón de Pablo.

Bajó un poco su braguita para dejar al aire su vagina ya hinchada de placer y siguió con las caricias. Se apoyó en la puerta del balcón para no caerse al suelo y aumentó el ritmo y la cadencia del movimiento de sus dedos en su entrepierna. La podían estar viendo y no le preocupaba. Bajó un poco más sus bragas hasta las rodillas para poder meterse los dedos en su interior. Con la mano izquierda acariciaba sus senos. Sólo imaginaba que podía ser Verónica la que se lo hacía, con la misma suavidad con que la trataba siempre. Sentía el dulce sonido de su voz. Conversaciones sin sentido que le estaba provocando placer recordar. Comenzó a gemir plena de excitación agitando sus caderas de atrás adelante en movimientos acompasados. Los dedos de Verónica la penetraban de forma salvaje y lo estaban haciendo mejor que Pablo lo hubiera hecho nunca. Estaba a mil por hora. Mordía sus labios emitiendo leves quejidos de placer inmenso.

Dejó de acariciarse las tetas con la mano izquierda para bajar hasta su sexo ardiente. Con las yemas de sus dedos lo frotaba para prolongar su excitación. Estaba a punto de explotar. Sacó un momento los dedos que llenaban su húmedo interior para aguantar un poco más y los acercó a su nariz para olerlos. Quería oler su jugo. Eran los dedos de Verónica. Los chupó y saboreó uno a uno. Siguió acariciándose. Aumentó el ritmo. Recordó levemente que estaba a la vista de cualquiera y ya no pudo soportarlo más. Soltó un quejido largo mientras se convulsionaba al llegar al primer orgasmo. La brisa descarada seguía acariciándola, envolviéndola. Se fue repitiendo la sensación de placer infinito durante un rato más con varios orgasmos seguidos. Gritó de placer cuantas veces pudo sin importar que la pudieran oír hasta que quedó exhausta, complacida, vencida. Resbaló sobre su espalda hasta sentarse en el suelo del balcón, con las piernas abiertas y las bragas por los tobillos. Mostrándose a la ciudad.

Respiró hondo. Buscó lo que le quedaba del cigarro y con la última calada, mirando al infinito, no pudo más que sonreír…
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miércoles 28 de octubre de 2009

Relato: Baila conmigo...


Al fondo del estrecho callejón, tras la sala de conciertos, se adivinaba la figura de dos cuerpos abrazados, bailando y moviéndose al ritmo de una danza primitiva de pasión desbordada, al son de un tango imaginario donde él era el intérprete y ella su instrumento; agitándose, gimiendo y jadeando sus voces rasgadas en la oscuridad.
Algunos curiosos contemplaban la escena a cierta distancia, desde la calle iluminada. Sólo se podía adivinar la forma de dos bultos, dos sombras en una, y escuchar y deleitarse de la banda sonora de su lujuria.
Esa pareja bailaba, ardía, follaba y se entregaba sin reparos ni vergüenza. No les importaba. En su mundo no había extraños mirando. Ese era su escenario e interpretaban su más excitante melodía de piel contra piel. Sinfonía musical de caricias, manos, labios y saliva. En ese instante su universo sólo eran ellos dos, su placer, calor, piel, sudor, y ese oscuro lugar. Se entregaban sin medida, con una intensidad animal de lo que se siente efímero pero deseas que dure eternamente. No se escuchaban palabras. Los gritos tensos y desgarrados de ella daban cuenta del baile que acababan de empezar, del son que acababan de componer juntos, obra maestra de sus sentidos para toda la eternidad.

Desde que la vio entrar al local no quiso perderla de vista. Se hipnotizó con su belleza. El grupo de tangos interpretaba un solo de bandoneón acompañado por los acordes rasgados de un violonchelo mientras él buscaba sus ojos desde la distancia. Necesitaba comunicarse con ella. En el escenario una pareja de baile se entregaba a la pasión del tango que interpretaban. Cuando ella se dio cuenta que él la estaba observando fijamente intentó evitarlo. Apuraba su cigarrillo mientras el joven la observaba con detenimiento, bebiendo de su vaso de licor. La música y el humo envolvían el ambiente.
“Eres más bella que un bolero”, pudo leer ella en sus ojos tristes.
Ella no se sobresaltó, lo ignoró girándose para hablar con su pareja y así evitar la mirada de aquel desconocido que la estaba molestando. Un minuto más tarde el joven había cambiado su posición para seguir atenta a ella, a sus ojos intensos de color del mar.
“Tu cuerpo es melodía, tu boca es instrumento, tus ojos armonía. Eres la más bella emoción”, adivinó ella que le decía con su mirada profunda y atrevida.
“No me conoces, descarado. Eres sólo un niño. Déjame en paz. Podría comerte el corazón”, leyó él del humo que exhalaba violentamente de su boca, acariciando sus labios color carmín.
“Es cierto, soy joven. Me dejaría comer la vida por ti”, le respondió con el siguiente sorbo de su vaso, jugando con los cubitos de hielo casi derretidos que se perdían en su boca.
Ahora los dos se miraban fijamente. Mantenían una conversación sin sentido, sin sonidos ni palabras, en un idioma que ambos conocían, de miradas, gestos cotidianos, que sólo ellos podían interpretar.
“No sabes nada de mí. Deja de mirarme. Vengo acompañada. Te buscas problemas”, advirtió él en el suave movimiento de sus labios húmedos y carnosos que acariciaban lentamente el filo del vaso de cristal.
“Moriré de todas formas si no te tengo. Sólo te pido una cosa… BAILA CONMIGO”, le respondió él mientras se encaminaba a la puerta de entrada al local, sin dejar de mirarla a los ojos. Hipnotizado, acercándose cada vez más a ella. Lentamente. Pasó por su lado y siguió mirándola, algo pudo leer de nuevo en su mirada triste y atrevida que sólo ella pudo entender, pues en esta ocasión tampoco dijo ninguna palabra, ni siquiera se rozaron. Salió del local y desapareció.
Ella siguió bebiendo hasta terminar su copa. Pasaron unos minutos, su corazón se aceleraba. La música del local y unos ojos tristes ya la habían atrapado para siempre. Ahora ella era tango y su corazón, bandoneón gimiente. Volvió a encenderse otro cigarrillo. Se lo fumó despacio, tratando de templar su alma, con la seguridad del que no sabe qué hacer, pausada pero nerviosa, como el que no quiere que termine nunca su canción.
_ Cariño, pídeme una copa. Voy un momento a tomar el aire, en seguida vuelvo.- le dijo a su pareja y entre el humo del ambiente, con un acorde de despedida, desapareció…
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