
Golpes da la vida. Tan duros como la muerte de alguien querido.
Pero yo me he dado cuenta de que sigo vivo. Y sé que es así porque siento, y no dejaré de sentir mientras no me falte el aliento durante el resto de mi vida. Porque una vida sin pasión, sin sentimientos, no es vida.
Y sé que sigo vivo porque aún me pasan cosas como la de anoche…
ANOCHE
Anoche. Las tres de la madrugada y un calor asfixiante pegaba la ropa a mi cuerpo camino de casa. Una cena con amigos, un par de copas y una excusa aunque inventada para poder irme a casa es todo lo que me había ocurrido interesante en la velada. El ladrido de algunos perros también acalorados y el ruido de mis pasos eran mi única compañía por la calle de una ciudad casi desierta. Mis pensamientos y una pegadiza canción del último bar interrumpían estos sonidos nocturnos y cotidianos.
Entro a casa intentando hacer el mínimo ruido. Me quito los zapatos camino de la cocina y agradezco el frescor que emana del frigorífico al beberme quizá medio litro de agua fría. Dejo caer algo sobre mi cuello mojando mi camisa y dejando resbalar el líquido sobre mi pecho camino del suelo. Hace mucho calor.No soporto este calor... Sé que no voy a poder dormir hasta la madrugada.
Fuera camisa, pantalones y calzoncillos. Sólo voy a poder soportar la noche si me quedo desnudo. En verano suelo dormir desnudo. Abro las puertas del balcón del salón, corro las cortinas y saludo a la ciudad. Me abraza la calurosa brisa de la calle que me recorre lentamente el cuerpo, me reconoce y explora palmo a palmo, poro a poro, intercambiando calor hasta armonizar nuesras temperaturas. En mi boca todavía tengo el sabor amargo de los dos gintonics cargados del último bar. Trago saliva mientras me apoyo en la barandilla del balcón e imagino que cientos de ojos me descubren y observan detenidamente. Es verano. El calor es asfixiante y cualquiera me perdonaría el atrevimiento.
Apago las luces del salón y me acerco silencioso hasta la habitación guiado por la luz que entra por la ventana del salón. En la cama Irene duerme tranquila y acalorada, vestida sólo por el resplandor de la luna sobre su dulce piel. Descansa boca abajo. Profundamente dormida. Me acuesto con cuidado junto a ella y me vuelvo para observarla. Me gusta escuchar el sonido entrecortado de su respiración cuando duerme; el brillo de su piel iluminada y colmada de millones de gotitas de sudor; el valle que forma su espalda con sus nalgas, y las redondeadas formas de su culo. Si Irene es perfecta su culo se lleva el premio mayor. Forma una curva hacia fuera tan sensual que es foco de todas las miradas. Es una belleza. Un precioso regalo que me ha otorgado la vida. Tan joven y tan bella, siempre alegre y contagiando su alegría a quien se acerque a compartir con ella.
No puedo dormir, pero no me importa si, mientras, sigo observando la inocente belleza desnuda de Irene. Su media melena recogida con una goma para refrescarse el cuello al dormir. La fina y delicada línea de su cuello y la forma elegante de sus anchos y bien formados hombros. Si fuera profesor de anatomía sería capaz de dar una clase magistral descubriendo cada uno de los huesos y músculos del cuerpo proporcionado y perfecto de Irene. Quizá me excitaría mucho más observando las miradas de mis jóvenes alumnos contemplando el cuerpo desnudo de mi mujer yacente. Enfocando sus miradas en su sexo poblado formando aleatorias formas de rizos en su pubis; en la maravilla y proporcionalidad de sus pechos y descubriéndoles formas y curvas inimaginables con mis explicaciones. Sintiendo su excitación y la de Irene, mostrada y enseñada en público, como un material didáctico de extrema necesidad. Una necesaria y justificada acción formativa. Mi varita acariciando y rozando con su punta cada una de las partes de su cuerpo, y mi otra y más íntima varita creciendo bajo mi bata de profesor.
El calor, la excitación de mis pensamientos y quizá el efecto del alcohol, tensan mi cuerpo, acumulando todo el riego sanguíneo en mi más perturbable y excitada parte de mi anatomía. Qué dirían mis alumnos si me vieran así. Primero debería ser profesor. La imaginación me desborda y comienzo a acariciarme contemplando el cortante y quebrado desfiladero de la unión de sus nalgas. Un poco más abajo su queda la entrada de su ano y las puertas abiertas de su sexo. Tan poco espacio los separa que me detengo en contemplarlo incorporándome y acercando mi cabeza a la zona mientras sigo acariciándome con la mano derecha, lentamente.
Tentado estoy de besarla y abrir sus nalgas para lamerla mientras descansa boca abajo: su ano y su sexo, su sexo y su ano, intermitentemente sólo acelerado por los movimientos de aprobación y de excitación de ella. Y por los movimientos de excitación y aprobación de mi propia lengua bañada en mis jugos y sus jugos, en nuestros jugos.
Aumenta mi transpiración con la excitación de mis pensamientos y se me pasa por la cabeza penetrarla sin previo aviso. Que despierte con el calor de mi cuerpo sobre su espalda y toda la extensión de mi sexo tenso y duro entrando sigilosamente, como un ladrón se cuela en casa ajena, amparado por la oscuridad. Me chupo los dedos de la mano mientras sigo masturbándome, aumento la cadencia de mis movimientos y el chasquido de mis manos sobre mi piel se hace banda sonora en la quietud de la habitación silenciosa. Me vuelvo sobre mi espalda, rozando el cuerpo de Irene y mirando al techo de la habitación, aprieto un poco los ojos mientras sigo con mis movimientos esperando la explosión de placer sobre mi cuerpo con la seguridad de que llegaría en cualquier momento. Siento cómo sus piernas acarician las mías, cómo su roce involuntario multiplica mi placer instantáneo. Mi corazón repica como un tambor en la batalla y cuando pienso que va a llegar el momento culmen y estoy llegando al final, me detengo súbitamente mientras sigo con los ojos cerrados y apretados. Es su delicada mano la que ahora ocupa la mía, acunando con su palma la extensión de mi sexo. Sus finos dedos abarcan mi piel y se mueven rápidamente con la destreza de alguien que conoce unos movimientos ya cotidianos y experimentados. Aprieto las sábanas con una mano y acaricio su piel con la otra y exploto, me vierto y me derramo en millones de minúsculas gotas que emanan como un géiser que rompe la corteza terrestre, mojando mi cuerpo, su mano, las sábanas, mi piel, su piel, nuestra piel.
Mi cuerpo se estremece con las continuadas embestidas de placer, cada vez menos intensas hasta descansar, con el corazón a mil, agradecido y todavía con los ojos cerrados esperando a poder controlarlo.
Su boca acaricia la mía, sus labios buscan los míos, y me susurra un “Buenas noches cariño” casi imperceptible en mi oído, y se vuelve para seguir durmiendo, dudo que haya abierto los ojos en ningún momento, y vuelvo a sentir sus entrecortada respiración mientras yace de nuevo dormida, de nuevo inocente y frágil, de nuevo acalorada y vestida por el resplandor de la luna sobre su dulce piel, de millones de gotitas de sudor, y de mi semen caliente derramado sobre ella…
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